Antonio Resines nació en Torrelavega en 1954, pero desde muy joven entendió que su destino no se quedaba quieto. Madrid fue su primer gran escenario: allí estudió, creció y empezó a vivir el cine y la televisión como algo capaz de cambiarlo todo. Con más de cuatro décadas de carrera y más de 150 producciones, ha dejado una huella profunda en la memoria del cine español.
Películas como Ópera prima, La colmena, Sé infiel y no mires con quién, La caja 507 o la inolvidable Amanece que no es poco forman parte de ese mapa. Y La buena estrella, que le valió el Premio Goya, consolidó un reconocimiento que nunca ha buscado desde el alarde.
En televisión, personajes como Smith en Los ladrones van a la oficina o Diego en Los Serrano lo convirtieron en una presencia cotidiana, siempre moviéndose entre la comedia, el drama y la calle con una naturalidad poco impostada. Hoy, el viaje es otro: subirse al sidecar simbólico de Amanece que no es poco para hablar de lo que casi nunca aparece en pantalla.
El arte de ir de copiloto
Antonio lo confiesa sin rodeos: no sabe conducir. O, al menos, no coches. “Soy muy buen copiloto”, dice. Observa, acompaña, da conversación, cambia la música, acerca el agua. Viaja casi siempre con su mujer, que es quien conduce, mientras él sigue el trayecto como si llevara el volante.
Los viajes largos, recuerda, son reveladores. En ellos se descubren virtudes y defectos. “Ahí conoces de verdad a las personas”, dice, con la honestidad de quien ha preferido no repetir algunos trayectos.
En el cine, sin embargo, hubo viajes inolvidables. En Amanece que no es poco, el sidecar era una aventura constante. Había que poner piedras para compensar el peso en las curvas. Daba la sensación de que ibas a volcar, aunque no fuera cierto. Aquellos rodajes eran una mezcla de riesgo, camaradería y libertad.
Recuerda aquella pandilla de finales de los años 80 como algo irrepetible. “Éramos una pandilla de tarados maravillosa”, dice, evocando a compañeros que hoy forman parte de la historia del cine español.
De Torrelavega a Madrid, ida y vuelta
Aunque nació en Cantabria, su vida se trasladó pronto a Madrid por el trabajo de su padre. Aun así, nunca rompió el vínculo con su tierra. “Cuando podemos, nos escapamos”, cuenta. Ese ir y venir forma parte de su manera de estar en el mundo.
Conducir en rodajes fue, durante años, una fuente de sustos. Hubo accidentes, curvas mal calculadas y algún milagro. “Si no he conducido en mi vida, ¿por qué voy a aprender ahora con setenta años?”, bromea. Y recuerda que no todos los grandes actores conducían.
Su primer día de rodaje en Ópera prima sigue grabado en la memoria: una noche entera en el aeropuerto de Barajas, hasta el amanecer. Era el inicio de todo, aunque nadie era consciente de ello.
Viajar en familia y crecer deprisa
Los viajes familiares de la infancia fueron otra escuela. Veranos enteros en un Seat 600, cinco hermanos, una madre bajita subida a cojines para ver la carretera y paradas constantes porque el coche se calentaba. “No sé cómo cabíamos”, recuerda.
Más tarde llegaron las motos: vespinos, Vespas pequeñas, una Aprilia potente. Hasta que los accidentes pusieron fin a esa etapa. Más de cuarenta años sobre dos ruedas quedaron atrás por pura supervivencia.
Elegir el cine, casi sin saberlo
Su padre, abogado, esperaba otro camino. Derecho, quizá Periodismo. Pero el cine se cruzó en medio. Empezó como oyente, luego como estudiante, casi por casualidad. Nadie pensaba que acabaría siendo actor; la idea era dirigir, producir, estar detrás.
Ópera prima lo cambió todo. Cuando en casa lo vieron en una marquesina, aceptaron la realidad. “Ahí se acabaron las dudas”, recuerda.
Conductores, viajes y compañeros
Con cientos de rodajes, Resines reivindica una figura olvidada: el conductor profesional. Por seguridad, por dignidad y por respeto. De esos trayectos nacieron amistades duraderas y conversaciones que no caben en ningún guion.
Ha viajado con generaciones enteras de actores. De su quinta, conserva relaciones sólidas. Con otros, los recuerdos están marcados por la ausencia. Habla con especial cariño de quienes ya no están y de viajes que hoy solo existen en la memoria.
También hubo risas sin control, especialmente con quienes no saben parar: Wyoming y Santiago Segura, dos compañeros con los que el viaje siempre se convertía en carcajada.
Viajar… lo justo
Aunque ha recorrido medio mundo por trabajo, confiesa que no es especialmente viajero. Prefiere la península y las islas. Canarias, Baleares, Cantabria. “De aquí no saldría”, dice, con una sinceridad casi provocadora.
El gran viaje iniciático fue el Interrail de los veinte años. Europa sin planes, sin dinero, sin certezas. “Eso te espabila de verdad”, resume. Hambre, improvisación y la tranquilidad de saber que siempre había una casa a la que volver.
Fama, reconocimiento y distancia
Los Serrano multiplicaron la visibilidad, pero no cambiaron su manera de viajar ni de vivir. La exposición aumentó, sí, pero sin dramatismo. “La gente no es invasiva”, asegura. Prefiere una foto rápida a una firma interminable.
Hoy, al mirar atrás, se reconoce en ese chico de Torrelavega que nunca dejó de moverse. Más alto, quizá, pero esencialmente el mismo.
Al bajarnos del sidecar simbólico, queda claro que no solo hemos recorrido la carrera de Antonio Resines, sino su forma de estar en el mundo. Cada película, cada viaje, cada conversación forma parte de un mismo trayecto. Porque hay vidas que no se explican por destinos, sino por el camino recorrido.