A esa hora, cuando el día se repliega, parte el último tren. Para unos es regreso —el pasillo hacia las sábanas—; para otros, el inicio del turno y del uniforme. Isabel Gemio conoce bien ese reflejo cotidiano, pero lo lleva más lejos y lo convierte en metáfora de vida.
“Todos cogemos trenes, todos hemos perdido alguno, todos hemos tenido el valor de subirnos a vagones difíciles. Este pasa por muchas estaciones, como la vida”, dice mientras abandona el estudio de Radio Nacional de España. Cada noche, a las 23:30, vuelve a encender el micrófono de El último tren, un programa que se alarga hasta las dos de la madrugada y que se ha convertido en refugio nocturno para miles de oyentes.
La imagen no es casual. Su biografía está hecha de trayectos, salidas y regresos. Recuerda con nitidez aquel primer viaje de Badajoz a Madrid, cuando con solo dieciséis años combinaba el bachillerato con la radio, un trabajo en una boutique y clases de teatro.
Entonces no imaginaba que acabaría siendo “la chica de la radio”, el nombre de un programa que terminaría por definirla y por fijar su voz en la memoria colectiva mucho antes de que existiera la viralidad. “Recuerdo aquel tren cuando me fui de Madrid a Barcelona en el 92. Allí me encontré con Carlos Herrera. Éramos tan jóvenes…”, rememora.
No todos los trayectos, sin embargo, desembocan en estaciones luminosas. También hubo paradas abruptas, finales que no entendió del todo. Isabel lo explica sin rodeos: “Cuando me fui de la radio… bueno, no, cuando me fueron; yo tenía mucha audiencia. Un profesional nunca está preparado para soltar a sus oyentes cuando existe una relación cercana”.
Reconoce que nunca le obsesionó permanecer siempre en primera línea. “Sabía que llegaría un momento en que dejaría de interesar, que aparecerían nuevas voces. Me parecía lógico”. Pero aun así, confiesa que el corte abrupto, con tanta audiencia, dolió mucho. “Aunque aquí seguimos, en el tren”.
Ese tren se mueve ahora en la intimidad de la madrugada. “Se crea un vínculo muy estrecho con los oyentes de noche. Es un espacio más relajado, para quienes no pueden dormir o para los que trabajan mientras el resto descansa”. En esas horas, dice, la gente habla con una sinceridad poco habitual. Necesitan ser escuchados. “Y yo les estoy escuchando”.
Asegura que aún siente mariposas cuando se enciende la luz roja del estudio. Recuerda un consejo que marcó su carrera: “Jesús Hermida siempre decía que jamás deberían perderse esas mariposas en el estómago”. Y sonríe al decirlo: “Estoy ilusionada como una quinceañera. Me he reencontrado con mi primer amor”.
Ese amor fue la radio, aunque la televisión llegó pronto. A los veintidós años debutó en TVE y después vinieron los grandes formatos: magazines, concursos, debates, programas pioneros y títulos que forman parte de la memoria colectiva. Pero la diferencia, explica, es clara.
“En televisión, la presentadora es una pieza más del puzle. En la radio no hay pinganillos ni distracciones. Todo depende de la palabra”. En la radio no importan las ojeras ni el peinado. La voz es el centro. Y en ese contraste aparece también una reflexión incómoda.
“En televisión hay canas de hombres, de mujeres no. Eso dice mucho”, afirma. “Significa que aún cuesta aceptar a una mujer con experiencia en pantalla. Quizá no sea la sociedad, sino los despachos”. Frente a eso, cita ejemplos que rompen el molde y reivindican la trayectoria por encima de la edad.
Para Isabel, la edad es solo un número en el DNI. “Lo que define a una persona es su recorrido, su talento, su humanidad”. Habla mientras hojea un libro que comentará esa misma noche en antena, como si incluso en los gestos pequeños se reflejara su voluntad de seguir aprendiendo.
Esa inquietud convive con una mirada crítica al presente. Confiesa que una frase vista en redes la dejó pensando: “Me declaro ex-humana”. “A veces siento que no pertenezco a la misma especie que permite tantas guerras e injusticias”, dice, sin perder el deseo de que la radio sirva también para desconectar sin olvidar.
Su vida, sin embargo, nunca ha sido solo trabajo. La crianza de sus hijos, Diego y Gustavo, ha marcado cada decisión. Gustavo convive con la distrofia muscular de Duchenne, una enfermedad rara que transformó la vida familiar en causa compartida. Hace diecisiete años, Isabel creó una fundación para apoyar a otras familias y empujar la investigación.
“La ciencia es un bien de todos. Todo lo que se ha curado ha sido gracias a la investigación”, insiste. Cree que el país aún no reconoce lo suficiente a sus científicos y celebra que la divulgación tenga espacio en su programa nocturno.
Así, El último tren se convierte en un viaje múltiple: con escalas musicales, recuerdos que cruzan generaciones y nuevas voces que encuentran un lugar donde hablar. Entre la vigilia y el desvelo, Isabel abre cada noche un vagón donde cabe todo.
Porque, como ella misma resume, aún queda camino por recorrer: “Tengo muchos lugares que quiero conocer. De momento, viajar cada noche a través de la comunicación y hacerlo desde RNE, que llega a tantas partes del mundo, me hace sentir muy afortunada”.