En menos de un mes, se llevarán a cabo elecciones al Parlamento de Andalucía, que seguramente conducirán a la formación de un nuevo gobierno. Desde 1982, cuando se celebraron las primeras elecciones, se ha exigido a los nuevos ejecutivos abordar la convergencia económica, un tema que sigue siendo una «asignatura pendiente» en la región.
Recientemente, Andalucía ha experimentado avances relevantes en su economía, superando el crecimiento medio nacional, gracias al impulso de la industria, la exportación y la inversión extranjera. Este crecimiento ha permitido una mejora gradual del PIB per cápita en la comunidad autónoma.
Para entender mejor esta evolución, es importante enmarcar a Andalucía en su contexto. Esta comunidad es la más poblada de España, la segunda en superficie, solo por detrás de Castilla y León, y ocupa la tercera posición en términos de PIB, contribuyendo aproximadamente con el 14% del total nacional.
A nivel europeo, el tamaño de Andalucía podría compararse con el de economías medias de la UE, aunque su renta por habitante es inferior. En términos de población, se sitúa en el decimoquinto lugar, superando a países como Dinamarca, Finlandia o Irlanda. Sin embargo, en cuanto al PIB per cápita, ocuparía el vigésimo puesto, lo que evidencia una significativa brecha de renta.
El proceso de convergencia en Andalucía se apoya en cuatro grandes vectores: un crecimiento superior a la media nacional, el impulso de la industria que crecerá a un ritmo cuatro veces mayor que el conjunto de España en 2025, una transformación del modelo productivo hacia sectores de mayor valor añadido y una reducción del diferencial de renta, aunque aún insuficiente.
A pesar de estos avances, la comunidad enfrenta problemas estructurales que no se han resuelto en décadas, como la baja productividad, las desigualdades territoriales entre sus provincias y la persistencia de una brecha de renta respecto a las regiones más prósperas del país.
La estructura productiva de Andalucía se concentra en agricultura, servicios, turismo e inmobiliario, sectores que, en general, presentan baja productividad. Además, el patrón de demanda interna revela que los andaluces destinan el 88,6% de su renta al consumo, lo que reduce las posibilidades de ahorro e inversión productiva.
Entre los desafíos adicionales se encuentran las debilidades en los factores de producción: un envejecimiento demográfico, un elevado abandono educativo y resultados formativos inferiores, pese a un gasto universitario por encima de la media nacional. Asimismo, un 90,5% del capital productivo es inmobiliario, lo que limita el impacto sobre la productividad agregada.
La baja densidad empresarial y el predominio de pequeñas empresas también constituyen frenos al crecimiento, junto a la falta de innovación y un marco institucional que resulta complicado y, a menudo, poco eficiente. Las políticas de desarrollo económico en esta región no han sido prioritarias y carecen de un debate suficientemente exigente, replicando modelos que no han dado los resultados esperados.
Sin embargo, los datos más recientes apuntan a una evolución positiva. Desde 2018, el PIB per cápita andaluz ha crecido 4,1 puntos, alcanzando el 78,4% de la media nacional. Durante el mismo periodo, la población ha disminuido su peso relativo, situándose en el 17,6% del total nacional, en parte debido a una menor capacidad de atracción migratoria.
Este crecimiento en el PIB no se debe al aumento de la población, como sucede en el conjunto del país, sino a una mejora real en el valor de la producción. En este lapso, el PIB andaluz ha crecido un 49%, en comparación con el 44,4% del conjunto nacional.
La perspectiva histórica refuerza esta idea. Entre 1990 y 2017, la convergencia avanzó apenas 0,8 puntos, pero en los últimos ocho años, el progreso ha superado los 4 puntos, indicando un cambio de tendencia significativo. Actualmente, el PIB per cápita andaluz se sitúa en torno al 65% de la media europea, lo que podría llevar a que Andalucía deje de ser una región prioritaria para la cofinanciación de fondos europeos.
A pesar de los avances, persiste una divergencia entre capacidad de consumo y generación de riqueza. La diferencia de PIB per cápita con respecto a España es de 21 puntos, pero la de renta disponible es de menos de 15, lo que indica que, aunque Andalucía ha construido una economía que sostiene el consumo, no genera suficiente riqueza productiva.
Con más de 8,7 millones de habitantes y un PIB de 234.218 millones de euros, Andalucía se presenta como un escenario clave para la economía española. Es crucial considerar su crecimiento reciente, que ha permitido situar el desempleo en sus niveles más bajos desde la crisis mundial y superar las 540.000 empresas, destacando el crecimiento de más del 28% en aquellas con más de 5.000 empleados.
La economía andaluza mantiene sus ejes tradicionales, siendo conocida como la «despensa de Europa» gracias a su fuerte sector agroalimentario y a un motor turístico que genera 30.000 millones de euros anuales. Además, se ha consolidado como una potencia en energías renovables, biocombustibles y desarrollos eólicos offshore. El gran reto en el futuro será profundizar en sectores de mayor valor añadido, como la industria aeronáutica, la defensa y el sector espacial, en el marco de iniciativas europeas como NGWS/FCAS.
Andalucía, por lo tanto, se enfrenta a un desafío importante: demostrar que no solo puede crecer, sino que puede hacerlo de manera más eficiente. Sin un avance significativo en la productividad, la convergencia seguirá siendo una promesa sin cumplir.
